martes, 18 de octubre de 2011

El peronismo viste a la moda


Por Laura Soledad Pazzi

Uno de los significados que se le atribuye al nombre Cristina es “la mujer más hermosa”, con la capacidad de atraer a todos los humanos e incluso a los dioses. Acaso la actual presidenta -a sabiendas- le hiciera honor desde un principio al alias que porta.

Los aires de grandeza los arrastró desde la infancia. Su madre Ofelia Wilhelm fue una feminista sindicalista que le inculcó a la hija las más grandes pretensiones desde la cuna. Así nació el alejamiento de Cristina Fernández de su padre, Eduardo Fernández, un hombre que recibió su respeto pero no su amor profundo por no perseguir las mismas ambiciones que ella.

La actual mandataria, nacida el 19 de febrero de 1953 en La Plata (provincia de Buenos Aires), luchó siempre por conseguir lo mejor para su vida. Sin abandonar en ningún momento los kilos de maquillaje y los trajes de marca, cultivó su educación para demostrar que detrás de sus rasgos atractivos se encontraba una mujer con todas las letras.

Al ingresar a la Facultad de Derecho de La Plata, su vida dio un vuelco. Fernández conoció en 1974 a la persona que más la encaminó en el trayecto que escogió: Néstor Kirchner, su compañero y aliado político durante casi cuarenta años.

“Cristina saltó del glamour de las monjas, del rugby y el Jockey a lo más granado de la interna peronista, cuya discusión de fondo era ‘matar o no matar’”, expone la periodista Sylvina Walger en su libro Cristina, de legisladora combativa a presidenta fashion, lanzado en agosto de 2010 por Ediciones B. Gracias a Kirchner empezó su siempre ascendente carrera política, a pesar de que ella misma reconoce que nunca quiso presentarse a senadora, diputada o presidenta.

Los senderos sinuosos de la vida la llevaron al sillón de Rivadavia en 2007. Ahora debe continuar el recorrido sin su pareja, fallecida el 27 de octubre del año pasado. En la biografía La Presidenta de Sandra Russo, presentada este año por la Editorial Sudamericana, la mandataria declara: “Yo estoy acostumbrada a situaciones de extrema presión. Desde que él murió, es como si yo hubiera profundizado esa tolerancia. Ahora tengo que hacerlo yo sola”. Con la responsabilidad en sus hombros, Cristina Fernández se calza las botas de guerra y las joyas y sigue dando pelea.

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